Una mirada teórica al desarrollo psíquico en la infancia y la adolescencia
En la clínica y en la experiencia materna hay algo que se repite con insistencia: el límite no es lo opuesto al amor. El límite es una de sus formas estructurantes.
Desde el nacimiento —e incluso antes— el ser humano se constituye en vínculo. No nacemos organizados psíquicamente; nos organizamos en relación. En este sentido, las aportaciones de Winnicott y Bowlby resultan fundamentales para comprender cómo la presencia del otro no solo satisface necesidades biológicas, sino que posibilita la emergencia del self.
El inicio: dependencia absoluta y función de sostén
El bebé humano nace en un estado de dependencia radical. No solo depende del adulto para sobrevivir físicamente, sino también para organizar su experiencia emocional y corporal. Winnicott describió este proceso a través del concepto de holding: la función de sostén físico y psíquico que ofrece el entorno, generalmente encarnado en la madre o figura principal de apego.
Este sostén no es únicamente afectivo. Es estructurante. A través del contacto, la regulación emocional y la repetición de cuidados consistentes, el bebé comienza a delimitar una experiencia fundamental: dónde termina él y dónde comienza el mundo.
Aquí aparece el límite en su forma más primaria. No como norma o prohibición, sino como frontera organizadora, en el modo en que el cuerpo de la madre rodea, delimita y contiene.
Es justamente este contacto contínuo, lo que da el límite y la aceptación al bebe, “te quiero porque eres”, sin juzgar, sin expectativas, nos rendimos a estar y acompañar esta pequeña promesa de vida, nos abrimos de cuerpo y alma y aceptamos acogerlo en nuestros brazos y corazón, le contenemos.
Contención emocional
El recién nacido oscila entre experiencias emocionales intensas que podríamos sintetizar en dos polos: displacer extremo (vivido como amenaza de aniquilación) y placer absoluto (vivido como satisfacción total). Es la modulación emocional del adulto la que transforma estos estados masivos en experiencias diferenciadas y tolerables.
La función materna —o de la figura de apego— consiste, en gran medida, en metabolizar la experiencia emocional del bebé y devolvérsela en una forma digerible. En términos de Wilfred Bion, podríamos hablar de la función continente: la capacidad de recibir, elaborar y transformar las emociones primitivas del niño.
Pero contener exige algo fundamental: saber dónde acabo yo y dónde empieza el otro. Y este es uno de los mayores desafíos de la maternidad: sostener en plena fusión sin perder la propia diferenciación.
Contener implica, necesariamente, diferenciarse. Solo puedo contener si reconozco que la emoción es del otro y no mía, aunque me atraviese.
De esta dialéctica entre fusión y separación surge una base segura. Y cuanto más segura es esa base, mayor será la capacidad posterior de exploración y autonomía. Un bebé que confía en su base segura – se separa como parte natural de su evolución – se apoya en nosotras para poder levantar su cuerpo, para entrenar todo su ser y poder mirar más allá de nosotras.
El holding necesita red.
La función continente necesita sostén.
Una madre sola, sobrecargada o culpabilizada tiene menos recursos psíquicos para metabolizar el aluvión emocional de un recién nacido. Y esto no es un fallo individual; es una cuestión estructural.
Cuando una madre está sostenida —por su pareja, por su familia, por otras mujeres, por políticas públicas reales— tiene más capacidad para sostener.
Límite y aceptación: una estructura complementaria
La experiencia temprana de aceptación incondicional —“te quiero porque eres”— es el núcleo del apego seguro. Sin embargo, la aceptación sin delimitación puede transformarse en confusión de roles o en ausencia de estructura.
Del mismo modo, el límite sin aceptación se convierte en control o autoritarismo.
Desde una perspectiva estructural, el límite cumple varias funciones:
- Organiza la experiencia psíquica.
- Diferencia al sujeto del entorno.
- Introduce la noción de realidad.
- Favorece la internalización de normas.
- Permite la emergencia de la autonomía.
El límite amoroso no es una imposición externa arbitraria; es una referencia que ofrece orientación y previsibilidad.
Movimiento de fusión y separación
El desarrollo temprano es un movimiento continuo y dialéctico entre fusión y separación.
Cuanto más contenido, delimitado y aceptado se siente el bebé, más confianza desarrolla para separarse. Cuanto más seguro el vínculo, más fuerte la autonomía.
Podríamos sintetizar la experiencia del bebé así:
“Confío en ti. Me apoyo en ti para poder ser yo.”
Y la función materna sería:
“Estoy aquí. Te veo. Te quiero porque existes. Confío en mí y en ti.”
Pero para que esta confianza exista, la madre necesita confiar también en sí misma. Y esa confianza no surge de la nada: se construye en un entorno que la valida, la respeta y no la juzga constantemente.
Adolescente
Si el inicio de la vida está marcado por la dependencia absoluta, la adolescencia está marcada por la diferenciación intensa.
Otra vez estamos ante un momento complejo de acompañar.
El adolescente es descrito como rebelde, desconectado, desobediente. Y muchas veces describe a su madre como controladora, entrometida, que no escucha.
Y si miramos con cierta distancia: Ambos tienen algo de razón.
Pero aquí lo que está en juego no es quién tiene razón, sino tener conocimiento del proceso que se está desarrollando y poder actuar en él.
La adolescencia implica cambios hormonales profundos, reorganización identitaria, desplazamiento del centro afectivo hacia el grupo de pares y un cerebro que todavía está madurando en sus funciones ejecutivas. La intensidad emocional vuelve a ser volcánica.
En esta etapa, muchas veces, observamos el desespero de la familia, que se sorprende con un niño que ya no está y en su lugar, un desconocido que chilla por su independencia pero que muchas veces no quiere arcar con la responsabilidad que va con ella.
Y es en este momento que miro hacia atrás (en el texto – o en la vida) y encuentro en la síntesis del proceso madre/bebe la base para la relación del adulto y el adolecente : Aceptación y Límite.
Aceptación
Aceptar no significa estar de acuerdo con todo. Significa reconocer la singularidad del otro.
- Acepto quién eres, sus ideas, a veces voy estar de acuerdo con ellas, otras no.
- Acepto que construya su propio camino.
- Acepto que tomes decisiones que me generan miedo.
- Confío en ti y en tu capacidad de desarrollarte como persona.
- Acepto que yo no soy el centro de tu vida.
- Si tienes problemas o te equivocas, yo voy estar aquí para ti.
Te veo, te escucho, confío en ti y doy espacio para que puedas vivir
Límites
El límite en la adolescencia ya no es corporal; es simbólico.
- Eres responsable por contribuir con las tareas de la casa,
- Eres responsable por tu aseo y limpieza,
- Los acuerdos que tenemos si no se cumplen tienen consecuencias,
- Yo te respeto y tu me respetas,
- Yo también tengo mis prioridades
También necesito espacio y juntos confío que podamos pactar las reglas de convivencia y de la casa
La aceptación viene de la escucha
La aceptación sin límites es abandono
Los límites sin aceptación es autoritarismo
El equilibrio es difícil. Y vuelve a depender de algo esencial: la capacidad del adulto de estar diferenciado.
Escucha externa e interna
En esta etapa, la escucha se vuelve central.
Nos toca el movimiento de acercarnos y separarnos, ya no estamos en estado de fusión, y por veces tenemos que hacer un esfuerzo para recordar cómo fue esta época de nuestra vida – es una gran oportunidad para sanar heridas que quedaron abiertas en nuestra propia adolescencia. Aquí la dificultad está en la escucha.
Escucha externa: ¿Qué les pasa? Poder entender la etapa en que están, comprender los procesos neurobiológicos, la importancia del grupo, la intensidad emocional – que muchas veces pueden ser tomados como ataques, y en verdad son una demostración de su confusión, de lo perdidos que están. Poder, igual que cuando eran bebés, afinar el oído, relajar el cuerpo y abrirse a ésta escucha que viene desde la presencia y el amor.
Muchas veces su aparente “ataque” es, en realidad, expresión de confusión y vulnerabilidad.
Escucha interna: ¿Qué me pasa a mí? ¿Qué es de él y qué es mío?
En esta etapa muchas mujeres estamos en pleno climaterio, acercándonos a la menopausia, y también tenemos nuestro propio baile hormonal, nuestros cambios corporales y emocionales. Cuanto más consciente esté de mi propio proceso, cuanto más sea capaz de aceptarme y acompañarme en ello, más posibilidades tendré de entender y acompañar mi adolescente. Es una transición parecida a la que pasamos durante el embarazo, pero ahora nos parimos a nosotras mismas, a la vez que acompañamos (con cierta distancia) cómo nuestros hijos e hijas también lo hacen, se transforman de niños a personas adultas – están en transición- son adolescentes.
Durante nuestras metamorfosis hemos luchado, muchas veces resistido, y otras acompañado nuestra biología, acercándonos a lo que realmente somos, entendiendo lo que vivemos, conociéndonos a nosotras mismas, compartiendo con otras mujeres, buscando apoyos, eligiendo nuestras decisiones y haciéndonos responsables por ellas.
Fuimos hijas, luego adultas, luego madres, y ahora transitamos nuevas etapas. Cada metamorfosis implica resistencias, aprendizajes, luchas y también expansión.
Esto no quiere decir que sea fácil, ya que vivimos en una sociedad que no respeta nuestra ciclicidad, que no es igualitaria y que aún tiene el estudio de la salud femenina en etapa embrionaria, pero que sigue avanzando, junto a nosotras -que hacemos parte de ella y participamos en su construcción- sea con nuestra acción social, con nuestra manera de entender, vivir nuestra etapa y también criar nuestros hijos e hijas.
Y en medio de todo esto, volvemos al punto central: escuchar para saber dónde termino yo y dónde empieza el otro. Desde ahí puedo decidir, con conciencia y corazón, cuándo decir sí y cuándo decir no.
Sigo conteniendo. Sigo abrazando. Pero ya no desde la fusión, sino desde la presencia firme.
Para que puedan ir… y volver
En la adolescencia ya es evidente que no lo sabemos todo. Ni ellos ni nosotras. Y quizás ahí está uno de los aprendizajes más humildes y más profundos: rendirnos a lo incontrolable.
No podemos evitar que se equivoquen. No podemos evitar que sufran. Romperse es parte de la vida.
Lo que sí podemos hacer es cuidar el vínculo.
Lo que más podemos desear de nuestro querido adolescente es que tenga la autoconfianza suficiente para ir al mundo sin nosotras. Y que, cuando se rompa —porque en algún momento se romperá—, el vínculo esté tan nutrido que quiera volver.
Volver para ser acogido.
Y nosotras, una vez más, estar ahí.
Síntesis*****+
En el bebé, el límite organiza el caos emocional.
En el adolescente, el límite organiza la libertad.
