Una mirada al cuerpo femenino en los procesos de fertilidad, embarazo, parto y puerperio. Y una invitación a la pareja para ocupar un lugar más consciente.
Para acompañar de manera más íntegra, hay que mirar donde duele. La maternidad y la fertilidad no son solo fotos bonitas: son procesos donde el cuerpo de la mujer, muchas veces, es “desahuciado”. Expulsado de su propia dueña para ser entregado a los demás. Como su pareja, entender este dolor es el primer paso para ser su verdadero refugio.
Es una gran incógnita cómo, en el momento de la vida de una mujer en el que más necesita confiar en su cuerpo, es precisamente cuando las prácticas sociales la expulsan de él. Y es también una incógnita cómo, teniéndoos a nuestro lado, muchas veces no alcanzáis a ver la profundidad de lo que está ocurriendo.
Aquello que forma parte de una —su identidad, su lugar seguro— se transforma en un envoltorio al servicio de otros: de procedimientos, de exámenes, de un bebé… y, a veces, también de la pareja, sin que esto sea consciente.
Este texto busca iluminar una realidad muchas veces silenciada, que sigue respondiendo a una lógica mecanicista y patriarcal, poco humana. Y también tiene el deseo de acercaros a esta vivencia, no para señalaros, sino para invitaros a ocupar un lugar más consciente: el de aliados reales.
Porque, aunque los procesos de fertilidad, embarazo, parto o puerperio puedan ser distintos en lo técnico, hay algo que siempre puede cambiar: el factor humano. El cómo y el cuándo se dan las noticias, el acompañamiento en el duelo, el respeto a los tiempos, vuestra presencia, la escucha del cuerpo.
El cuerpo femenino: lugar de conquista
“No se nace mujer, se llega a serlo.”
Simone de Beauvoir, El segundo sexo
Es la socialización la que, poco a poco, nos ajusta a los moldes de lo que debe ser una mujer: cómo sentarse, cómo hablar, cómo vestirse. Podemos verlo en los patios de los colegios: hasta los 8 años, niños y niñas juegan juntos; a partir de los 9, aparece una división clara. Los niños ocupan el centro, las niñas los márgenes.
Ahí comienza una relación distinta con el cuerpo.
El peso de una historia que no empezó ayer
Desde niñas, a las mujeres se les enseña a “recogerse”: cerrar las piernas, bajar la voz, ser observadas antes que escuchadas. Su cuerpo se convierte en un objeto que debe encajar.
La realidad: cuando llega la búsqueda del embarazo, ella ya viene de una vida de sentirse juzgada por fuera. Tu papel es ser un lugar donde ella no tenga que encajar en ningún molde, donde su cuerpo sea aceptado en todas sus formas.
Adolescencia: el cuerpo cosificado
En la adolescencia aparece un segundo momento de ruptura. El cuerpo deja de ser vivido para empezar a ser observado. Los modelos de belleza se instalan como referencia. Llega la menstruación, la vergüenza, el miedo a exponerse.
Y aparece con fuerza la mirada masculina. Una mirada que no siempre toca, pero que invade. Que nombra, que evalúa, que reduce.
Muchas adolescentes aprendemos que nuestro cuerpo puede ser objeto. Y ahí se fractura algo profundo: dejamos de sentirnos desde dentro para empezar a mirarnos desde fuera.
Entender esto no es un gesto teórico. Es comprender desde dónde parte ella cuando, más adelante, pone su cuerpo en juego para crear vida.
El cambio en la maternidad
A lo largo de la vida desarrollamos estrategias: resistimos, nos adaptamos, encontramos maneras. Pero en el camino hacia la maternidad, algo cambia profundamente.
Entramos muchas veces desde la ingenuidad. No hablamos de fertilidad, de abortos, de duelos, de partos. No compartimos el cuerpo vivido.
Y cuando no se nombra, no existe. Y cuando no existe, no nos pertenece. Y si no se nombra, tampoco podéis verlo. Por eso, muchas veces, no es falta de cuidado… es falta de acceso a lo que realmente ocurre.
Cuerpo desahuciado
Cuando hablo de un cuerpo desahuciado, no hablo de un hecho puntual, sino de un proceso. Un proceso en el que dejamos de ser agentes de nuestro cuerpo para convertirnos en objeto de intervención. Donde aparece la infantilización, la pérdida de voz, la desconexión.
Y aquí no se trata de señalar, sino de ampliar la mirada: a veces, sin querer, también podéis reforzar esto. Cuando intentáis resolver en lugar de escuchar. Cuando minimizáis para aliviar. Cuando no sabéis sostener el dolor y tratáis de apartarlo.
Pero también podéis ser otra cosa. Podéis ser el lugar donde ese cuerpo no sea intervenido, sino escuchado.
Procesos de fertilidad: el cuerpo como lugar de fractura
Quien ha pasado por un proceso de fertilidad asistida reconoce este territorio. Las pruebas, las esperas, los tiempos pautados —incluso para la intimidad— transforman la relación con el cuerpo.
Aquí ya ha habido una pérdida: la de la confianza inicial. Podemos sentirnos insuficientes o rotas. Vivimos la ilusión con el miedo. Y cuando hay pérdidas, algo se rompe profundamente:
“Sentir que mi cuerpo es lugar de fracaso… sentir que donde debería estar la vida esperada, estaba la muerte.”
Esto no es solo tristeza. Es una experiencia corporal, identitaria.
Y aquí vuestro papel no es arreglar. Es quedaros. No minimizar con “ya vendrá otro”. No acelerar el proceso. No apartar el dolor. Ser aliado aquí es reconocer que su cuerpo está siendo invadido y que su vivencia tiene sentido. Es ayudar a sostener su dolor a la vez que también tienes lo tuyo. A veces, acompañar es simplemente no moverse.
Embarazo y parto: la desposesión del yo
Incluso cuando el embarazo llega sin dificultades, esto no evita la desposesión del cuerpo. Todo cambia: hormonas, energía, identidad. Nuestra vida empieza a girar en torno al bebé. Y nuestro cuerpo, también.
Es fácil que os sintáis en segundo plano. Pero ese lugar es clave. Porque el parto es un momento de máxima vulnerabilidad. Puede ser una experiencia de fuerza… o de ruptura.
“Me acuerdo de cuando venían las contracciones muy fuertes y la médica metía la mano dentro… sin preguntarme, sin explicarme, solo metía y apretaba.”
La violencia silenciosa: en el parto, muchas mujeres viven la violencia obstétrica. Manos que entran en su cuerpo sin permiso, procedimientos que aceleran procesos por conveniencia del médico, intervenciones que dejan marcas físicas y psíquicas. Es un momento de vulnerabilidad total donde, si no hay respeto, el cuerpo registra un trauma.
Sé su aliado: tú eres su barrera de protección. En ese momento ella está “abierta”, dando la vida. Asegúrate de que su voz se escuche, que se respeten sus tiempos y que nadie toque su cuerpo sin que ella entienda el porqué.
Puerperio: la crudeza del después
El parto no termina cuando nace el bebé. Llega un tiempo exigente, crudo, profundamente corporal: cicatrices, dolor, falta de sueño, desorientación emocional. Y en medio de todo eso, aparece una pregunta silenciosa:
¿Dónde estoy yo en todo esto?
La sociedad pide rapidez: volver al cuerpo de antes, a la vida de antes, al deseo de antes. Pero ese cuerpo ha sido exigido, atravesado, muchas veces llevado al límite.
Y aquí es donde más se necesita al aliado. No para empujar de vuelta a la normalidad. Sino para sostener el tiempo necesario. Entender que:
- No hay fallo en ella: hay un cuerpo en reconstrucción.
- Que no es distancia: es proceso.
- Que no es rechazo: es necesidad de volver a habitarse.
Volver al cuerpo
Desde una mirada clínica y corporal, lo que observo es que muchas mujeres no fallamos en adaptarnos. Lo que ocurre es que hemos atravesado un proceso extremadamente intenso sin el reconocimiento necesario.
El cuerpo no olvida. Registra, sostiene, protege. Y para volver, necesita algo muy concreto: tiempo, permiso y escucha.
Aquí vuestro papel no es entenderlo todo. Es respetarlo. No acelerar. No exigir. No interpretar desde fuera. Sino acompañar desde un lugar más difícil y más valioso: la presencia.
Volver al cuerpo no es inmediato. Es un proceso de reapropiación. Y cuando ese proceso es acompañado —de verdad— no solo transforma a la mujer, también transforma el vínculo, os une y os prepara para lo que va a ser la crianza, la familia y la vida.
Una responsabilidad compartida
El recorrido del cuerpo femenino —desde la infancia hasta la maternidad— está atravesado por procesos que favorecen la desconexión y el control externo. En la maternidad, esto se intensifica, pudiendo generar un cuerpo desahuciado: intervenido, silenciado, puesto al servicio de otros.
Los procesos de fertilidad, embarazo, parto y puerperio implican una exigencia física y emocional enorme que, sin acompañamiento, puede derivar en desconexión corporal.
Recuperar el cuerpo no es solo tarea de ella. Es una responsabilidad compartida.
No se trata de “ayudar”. Se trata de comprender que ella ha puesto el cuerpo —de una manera profunda, real, irrepetible— para sostener la vida. Y que, para volver a casa —a su propio cuerpo— necesita algo muy concreto:
Un entorno que no la empuje,
una pareja que no la corrija,
y una presencia que no invada.
Sino que acompañe.
Espero que juntos podáis llegar mejor. Y si te entran dudas o temores, es una buena señal: es que estás conectando con el proceso. Así que bienvenido.
Si estás atravesando alguno de estos procesos —fertilidad, embarazo, parto o puerperio— y sientes que necesitas acompañamiento profesional desde un enfoque psicocorporal, puedes escribirme. Trabajo con mujeres y parejas en Sevilla y también online.
Cibeli Luz
Psicóloga — Enfoque Gestalt y psicocorporal
