No es lo mismo habitar el mundo siendo mujer o hombre, siendo blanca o negra, siendo pobre
o rica. Los estudios, ya sean financiados con fondos públicos o privados, no son inocentes:
tienen objetivos concretos y persiguen determinadas respuestas.
La respuesta que busco nace de la pregunta que planteo, y esta pregunta está profundamente
atravesada por la manera en que habito el mundo y por cómo el mundo me habita a mí.
Yo, Cibeli Luz, psicóloga, terapeuta gestalt, madre de dos adolescentes, brasileña viviendo en
España, desde la cumbre de mis 50 años, propongo un trabajo con mujeres y para mujeres.
Una ciencia que estudie los procesos femeninos desde las necesidades de mujeres reales, y
no desde las exigencias del “mercado”. Una ciencia hecha por mujeres: intervención,
investigación y divulgación creadas desde una concepción feminista de raíz. Un espacio donde
podamos mirar los procesos femeninos con sus cargas y tabúes, con la opresión que hemos
sufrido nosotras, nuestras madres y nuestras abuelas, y desde ahí construir un camino distinto,
en el que seamos las protagonistas de nuestra propia salud.
Dejar en manos del “mercado” nuestras investigaciones e intervenciones es someterlas
a una lógica de poder capitalista y patriarcal, en la que somos sexualizadas,
infantilizadas e invisibilizadas.
Es permitir que la investigación sobre nuestro ciclo menstrual se centre en cómo fabricar
compresas más cómodas, en hormonas que reduzcan síntomas sin respetar los ciclos
naturales, o en vender la idea de que la perimenopausia es una etapa que debe ser eliminada o
“saltada”.
Nosotras no somos hombres chiquitos
Necesitamos construir —y este proceso ya está en marcha— una ciencia de la salud femenina
que mire los procesos del cuerpo femenino desde una perspectiva feminista. Y aquí insisto: no
basta con ser mujer para comprender la opresión que vivimos, porque muchas veces somos las
primeras en adaptarnos y reproducir los mismos criterios de exclusión. Es necesario habitar el
mundo desde un lugar de transformación, recuperar la sabiduría femenina sobre nuestro
cuerpo y nuestros ciclos, y sumar a ello el estudio y la investigación existentes sobre
estos mismos procesos.
Salud Mental
En el ámbito de la salud mental, las diferencias entre mujeres y hombres son evidentes. Las
mujeres atravesamos, al menos, tres momentos de especial vulnerabilidad: la menarquia, el
embarazo (o la búsqueda de este) y el tránsito hacia la menopausia. En estas etapas nos
enfrentamos a tabúes y a una sociedad que nos transmite que nuestros procesos son sucios,
que estamos exagerando o que debemos ocultar lo que sentimos para ser aceptadas. A la vez,
vivimos un intenso movimiento hormonal que transforma nuestra estructura corporal, nuestra
manera de sentir el mundo, el apetito, el sueño, la sexualidad y los gustos. En definitiva, se nos
invita —queramos o no— a una nueva identidad.
Lo esperable sería que todos los profesionales de la salud, incluida la salud mental, tuvieran
formación específica sobre estas etapas y sobre cómo los cambios hormonales y sociales
influyen en los procesos de enfermedad. Al menos, deberían contar con la información
necesaria para aproximarse a estos momentos con sensibilidad, y no encajar nuestras
vivencias en métodos y teorías construidas en el siglo pasado, cuando nuestros procesos
estaban completamente invisibilizados.
De la teoría al mundo real
Hace unos días, mi hija me preguntó sobre el parto:
—Mamá, ¿es verdad que el parto es mejor cuando la mujer está de cuclillas que tumbada en
la cama?
Le respondí que sí, que esa es la posición natural. Entonces, indignada, me preguntó:
—¿Y por qué en los hospitales no se hace así?
Pensé en la respuesta sencilla que había escuchado tantas veces:
que se colocó a las mujeres tumbadas para facilitar la intervención y la observación de los
médicos varones, y que esta mirada machista y patriarcal sigue siendo predominante.
Sin embargo, decidí darle una respuesta más amplia. Le hablé de la evolución de la ciencia, de
la dificultad de transformar prácticas antiguas, incluso cuando la evidencia científica demuestra
su ineficacia. Le expliqué que el paso de la teoría y la investigación a la práctica depende de
políticas públicas, de gobiernos que eligen defender los intereses de la población o los de la
industria farmacéutica. Entramos así en la necesidad de una sanidad pública, universal y de
calidad, donde la salud de las personas esté por encima de las ganancias económicas.
Respetar los procesos naturales, como el parto, requiere tiempo e inversión inicial, algo que la
industria privada no está dispuesta a asumir, aunque a largo plazo prevenga complicaciones,
reduzca intervenciones y disminuya hospitalizaciones.
La enfermedad genera beneficios económicos; la prevención, no.
Desde una lógica transformadora, feminista y revolucionaria, defiendo algo que debería ser
sencillo:
● Estudiemos nuestros procesos naturales como lo que son: procesos naturales.
● Acerquémonos a nuestro cuerpo con amor y atención, intentando responder a lo que
nos pide, en lugar de silenciar lo que la lógica hegemónica etiqueta como “síntoma”.
● Recordemos que el cuerpo habla, y cuando no lo escuchamos, grita; muchas veces la
enfermedad no es más que el cuerpo reclamando ser atendido.
● Comprendamos las presiones sociales que sufrimos las mujeres en las distintas etapas
de la vida y busquemos en otras mujeres la complicidad necesaria para atravesarlas.
● Respira: no eres la media naranja de nadie. Eres una naranja entera, y tu salud es tu
responsabilidad.
● Celebra la vulnerabilidad que te ofrece ser cíclica, porque en ella también habita tu
fuerza y la posibilidad de cambio.
● Comparte tus conocimientos y experiencias con otras mujeres: romper los tabúes es el
primer paso para normalizar nuestros procesos.
● Y después, cuando te sientas lo suficientemente fortalecida, comparte también estos
aprendizajes con los hombres de tu vida. Poco a poco construimos puentes y sumamos
aliados, porque la salud femenina no es solo un asunto de mujeres: atraviesa a toda la
sociedad.
