Aún no estoy a gusto… pero, ¿y mi pareja?
La sexualidad sigue siendo un tabú. Aunque el sexo en las películas y en los medios parece completamente normalizado, esa representación dista mucho de lo que ocurre en la intimidad real. En lugar de abrir espacios de reflexión, muchas veces genera comparación y desconcierto, llevándonos a sentir que lo nuestro no es «normal».
La idea de normalidad nos persigue en distintas etapas de la vida. Se manifiesta como una incomodidad constante: en un cuerpo que no es el «esperado», en una sexualidad que «debería ser de otra manera», en los cambios que atravesamos y que, durante el embarazo y el puerperio, se vuelven especialmente visibles y, a la vez, desestabilizadores.
Como si no fuera suficiente con los cambios hormonales, la gestación, las transformaciones corporales o la vivencia —a veces compleja— de la identidad, tras el nacimiento del bebé aparece una exigencia más: recuperar una supuesta normalidad sexual. Todo esto mientras el cuerpo se recupera, se sostiene la lactancia, se duerme poco y se cuida de una nueva vida de forma constante. En medio de ese escenario, muchas mujeres se preguntan si su deseo —o la falta de él— es el adecuado.
Aquí es importante abrir un paréntesis:
¿Sexualidad esperada por quién? ¿Por ti? ¿Por tu pareja? ¿Por la sociedad?
Las investigaciones coinciden en que la sexualidad cambia tras el parto, tanto en mujeres como en hombres. No se trata únicamente de una disminución en la frecuencia de las relaciones sexuales, sino de una transformación más profunda en la forma de vivir la intimidad. A menudo, disminuyen las relaciones sexuales, pero aumentan otras formas de conexión: el afecto, la ternura, la cercanía y el apoyo mutuo.
Muchas mujeres creen que su pareja las percibe como menos atractivas tras el parto. Sin embargo, diversos estudios muestran que los hombres suelen valorar el cuerpo de forma más positiva de lo que ellas imaginan. Esta diferencia entre percepción y realidad pone de manifiesto el peso del modelo social en la autoimagen femenina. En ocasiones, esa mirada externa internalizada resulta más determinante que lo que realmente sucede en la relación.
También es importante señalar que algunos hombres experimentan cambios en su deseo sexual: puede disminuir al inicio o mezclarse con emociones nuevas. La paternidad introduce una dimensión distinta en la forma de mirar a la pareja, donde lo erótico convive con el cuidado, el respeto o incluso el miedo a hacer daño.
Las transformaciones físicas y psíquicas que atraviesa la mujer durante el embarazo y el parto son profundas y, en muchos aspectos, incomparables con las que experimentan los hombres. Sin embargo, esto no significa que ellos no vivan su propio proceso de redefinición: como pareja, como padres y como individuos.
Ambos transitan una metamorfosis orientada a la crianza, a la llegada de una nueva vida. La forma en que se atraviesa este proceso está profundamente vinculada al grado de conciencia, al vínculo con la maternidad y la paternidad, y a la capacidad de cada uno para integrar estos cambios.
Ahora bien, si para muchas mujeres todavía resulta difícil hablar abiertamente sobre la sexualidad y sus transformaciones durante el embarazo y el puerperio, en los hombres esta conversación suele estar aún más alejada. En este punto, es importante considerar el contexto social en el que hemos sido construidos: una sociedad con fuertes raíces machistas y heteropatriarcales, donde la identidad masculina ha estado históricamente ligada al rendimiento y al valor sexual.
Aunque muchos hombres cuestionen conscientemente estos mandatos, a nivel inconsciente continúan operando. Han sido socializados bajo estos parámetros, y transformarlos no es un proceso inmediato. Requiere espacios de reflexión, diálogo y revisión interna que permitan abrir nuevas formas de entender la masculinidad, la sexualidad y el vínculo con la pareja.
Sin estos espacios, es difícil que puedan percibir que existen otras maneras posibles de habitar su deseo, su rol y su relación en esta etapa vital.
Comprender sus limitaciones no nos transforma en sus madres
Ahora bien, comprender esto no implica asumir la responsabilidad de acompañar o educar al otro en su proceso. Las mujeres, en el puerperio, ya sostienen una enorme carga física y emocional. Son los hombres quienes deben implicarse activamente: reflexionar, abrir conversaciones y construir espacios donde también puedan revisar su vivencia de la sexualidad.
Al mismo tiempo, entender los límites que esta misma estructura social impone puede ayudarnos a mirar la situación con mayor perspectiva. En una etapa donde muchas mujeres se sienten —y están— sobrecargadas, poder compartir lo que ocurre internamente con la pareja es fundamental. Es abrir una puerta: nosotras ya la estamos atravesando, con un bebé en brazos. No podemos ni debemos cargar con más.
Los cambios en el deseo femenino
A lo largo de la vida, las mujeres somos cíclicas, y ese funcionamiento influye en nuestra vivencia sexual. Sin embargo, no lo determina por completo. La sexualidad está atravesada por múltiples factores: el cuerpo, las hormonas, los vínculos, el contexto emocional, el apoyo social y la estabilidad económica. Es el conjunto de todos estos elementos lo que configura la experiencia.
En el puerperio, hay tres aspectos especialmente relevantes:
El apoyo. Es uno de los factores más determinantes. Contar con una red —pareja, familia, amistades— que sostenga, acompañe y atienda las necesidades básicas marca una gran diferencia. El apoyo también incluye la estabilidad económica, el tiempo de descanso y la posibilidad de no vivir esta etapa bajo la presión de la incertidumbre.
Los cambios corporales. Cada experiencia es distinta: no es lo mismo un parto vaginal que una cesárea, una recuperación con dolor o sin él, una lactancia fluida o dificultosa. A esto se suma la bajada de estrógenos, que puede afectar al deseo y a la lubricación. El cuerpo, además, está profundamente orientado al cuidado del bebé. Es un sistema que prioriza la supervivencia y el vínculo.
El estado emocional. Está íntimamente ligado a los dos factores anteriores. El cansancio, la sobrecarga, la falta de apoyo o la sensación de no ser vista pueden influir directamente en el deseo. La salud mental en el posparto es un aspecto clave y, en muchos casos, dependerá del entorno y del sostén disponible.
¿Qué tiene que ver todo esto con la sexualidad?
Todo.
Una mujer cansada, con dolor, preocupada o que se siente sola difícilmente podrá conectar con el deseo. La sexualidad femenina no empieza en el momento del encuentro sexual: comienza mucho antes, en la sensación de ser cuidada, acompañada y reconocida.
En el puerperio, la sexualidad puede transformarse hacia una vivencia más sutil. Se abre la posibilidad de una intimidad distinta, donde la presencia, la escucha y la cercanía adquieren un valor central. Después de haber atravesado procesos tan intensos como el embarazo, el parto y la lactancia, muchas mujeres necesitan otro tipo de aproximación al cuerpo y al deseo.
El desafío es que, en muchos casos, no sabemos cómo transitar este cambio. Ni las mujeres —atravesadas aún por mandatos de cuidado y complacencia— ni los hombres, que a menudo carecen de herramientas para comprender lo que está ocurriendo.
Tradicionalmente, en España se habla de la «cuarentena» (unos 40 días) como referencia para retomar las relaciones sexuales. Sin embargo, la realidad es mucho más diversa: algunas mujeres lo hacen antes, muchas necesitan varios meses y otras pueden tardar entre seis y doce meses, especialmente si hay molestias físicas o falta de deseo.
No hay un tiempo correcto. Hay procesos.
Y acompañarlos con comprensión, información y cuidado es, quizás, una de las claves más importantes para sostener la intimidad en esta etapa de la vida.
