Cuando la máscara se vuelve rígida
En el trabajo terapéutico es habitual encontrarnos con una idea que, al principio, puede resultar extraña: no somos una sola identidad fija, sino múltiples formas de ser que conviven en nosotras.
Podemos ser, al mismo tiempo, profesionales, madres, hijas, amigas, parejas… y cada uno de estos lugares activa aspectos distintos de nuestra personalidad. Como si dentro de nosotras existieran diferentes “personajes” que aparecen según el contexto.
Reconocer cuál de nuestros personajes es dominante en el día a día nos da muchas pistas sobre cómo vivimos. Siempre hay personajes que nos gustan más y otros que tendemos a esconder.
Desde esta mirada, la salud emocional no implica ser siempre la misma, sino tener la capacidad de movernos con flexibilidad entre estas partes.
El conflicto aparece cuando esta flexibilidad se pierde.
Cuando una máscara se queda pegada
A lo largo de la vida, desarrollamos formas de reaccionar, sentir y vincularnos que nos ayudan a adaptarnos a nuestro entorno. Estas respuestas no son casuales: son profundamente creativas. Nacen en nuestras primeras relaciones y cumplen una función esencial —protegernos, sostenernos, permitirnos pertenecer.
Sin embargo, lo que en un momento fue una solución, con el tiempo puede volverse un límite.
Los personajes nacen de las relaciones y de cómo nos adaptamos a ellas. Son el resultado de acciones creativas que desarrollamos para adaptarnos al mundo que nos rodea, para ser amadas, aceptadas o, simplemente, para sobrevivir.
Estas adaptaciones son valiosas —nos han salvado más de una vez—, pero también crean formas de sentir y reaccionar que se van consolidando. Cada vez que repetimos una respuesta, nuestro cuerpo, nuestras células y nuestra manera de pensar y sentir van creando un pequeño camino. Con el tiempo, ese camino se convierte en un sendero… y finalmente en una autopista que recorremos sin darnos cuenta de que existen otras alternativas.
Cuando repetimos una misma respuesta una y otra vez, esta se consolida. Pasa de ser una opción a convertirse en un automatismo. Y, poco a poco, dejamos de percibir que existen otras maneras de actuar.
Es en este punto donde muchas personas llegan a terapia con una sensación clara:
“ya no me sirve cómo soy, pero no sé cómo cambiar”.
De adaptación a mecanismo de defensa
Con el paso del tiempo, algunas de estas estrategias se rigidizan y se transforman en mecanismos de defensa. Siguen cumpliendo una función protectora, pero también empiezan a restringir nuestra capacidad de crecimiento.Algunos de estos mecanismos se vuelven tan sólidos que se convierten en personajes dominantes, máscaras que se quedan adheridas a nuestra piel. Cuando vi la película La Máscara, pensé: “esto es”. Representa muy bien cómo algo que en un inicio nos servía puede acabar atrapándonos.
Podemos notar, por ejemplo, una exigencia excesiva, dificultad para soltar el control, miedo al conflicto, necesidad constante de aprobación… Formas de ser que, en su origen, tuvieron sentido, pero que hoy generan malestar.
No porque estén “mal”, sino porque se han vuelto la única opción disponible.
El trabajo terapéutico: ampliar posibilidades
Aunque pueda parecer sencillo, es un trabajo profundo y, a veces, agotador. Porque no se trata solo de darse cuenta, sino de transitar un proceso cuidadoso, que muchas veces implica repetir y revisar. Las máscaras más arraigadas suelen estar ligadas a heridas primarias, a momentos en los que necesitábamos protegernos. Y hoy, esas formas de protegernos muchas veces las confundimos con nuestra personalidad. (Persona — máscara, en el antiguo teatro griego.)
A veces, estas máscaras esconden fracturas que no han sido sanadas. Cubren heridas que no terminaron de cicatrizar. Y sabemos que, para que una herida sane, necesita tiempo… pero también aire. Cuando está tapada, puede empeorar: se inflama, se infecta, aunque no lo veamos.
Parte del proceso terapéutico consiste en, con cuidado y a nuestro ritmo, poder levantar esa capa protectora para sanar la herida. Es un acto de autocuidado, de confianza en una misma y de conexión con nuestro potencial creador.
El objetivo no es eliminar máscaras antiguas, sino reconocerlas, comprenderlas y flexibilizarlas.
Esto implica preguntarnos:
- ¿Cuándo aparece esta forma de ser?
- ¿Qué función cumple?
- ¿De qué me protege?
- ¿Qué parte de mí queda fuera cuando esta toma el control?
A medida que vamos tomando conciencia, se abre un espacio de elección. Ya no reaccionamos únicamente desde el automatismo, sino que podemos empezar a incorporar otras respuestas más ajustadas al presente (ler texto trauma y cuerpo)..
El cuerpo como vía de acceso
Muchas de estas máscaras están profundamente arraigadas, no sólo a nivel mental, sino también corporal. Por eso, el trabajo no puede quedarse únicamente en lo cognitivo.
Volver al cuerpo —a través de la respiración, la atención, el movimiento o prácticas como la psicodanza— permite acceder a capas más profundas de la experiencia.
El cuerpo guarda memoria, señales y recursos. Cuando aprendemos a escucharlo, aparece una conexión más directa con nuestra autenticidad. ¡Más directa, más limpia y más rápida!
Hacia una mayor libertad interna
Cambiar no significa dejar de ser quienes somos, sino ampliar quienes podemos ser.
Se trata de recuperar la capacidad de movernos entre distintas partes, de no quedar atrapadas en una única forma de funcionar, de responder de manera más consciente y coherente con el presente.
En definitiva, de vivir con mayor libertad interna.
Porque no es la máscara en sí lo que limita, sino la imposibilidad de quitárnosla.
