No es ningún misterio que la vida en pareja no es sencilla. Después del “y fueron felices para
siempre” llegan los años de convivencia, los cambios vitales, la llegada de los hijos, las
mudanzas, los cambios laborales o personales. La vida es una auténtica montaña rusa que
decidimos compartir con otra persona, y eso implica enfrentarse juntos a todo lo que vaya
apareciendo.
En consulta, muchas mujeres expresan una sensación común: una sobrecarga familiar y
emocional que, poco a poco, va erosionando la relación. En una sociedad que construye un
ideal de felicidad asociado a la pareja, la maternidad y el cuidado, muchas acaban sosteniendo
solas una gran responsabilidad, acompañada de culpa, agotamiento y la constante sensación
de “no llegar”.
Ahí aparece un conflicto interno profundo:
● O convertirse en “la que siempre reclama”, la madre pesada o la compañera que no
deja de exigir.
● O adaptarse, aguantar, intentar cumplir con las expectativas… hasta que el cuerpo y la
mente no pueden más y se produce una explosión.
Después, el ciclo vuelve a empezar.
¿Cómo romper este ciclo y recuperar el vínculo?
No hay soluciones rápidas. Recuperar una relación —o tomar conciencia de que ya no es
posible— es un proceso complejo que exige honestidad constante con una misma y con la
pareja. Como punto de partida, propongo un ejercicio de reflexión profunda.
- ¿Por quién te enamoraste? ¿De qué te enamoraste?
Durante el enamoramiento solemos construir una imagen idealizada de la otra persona.
Mostramos nuestro “mejor yo” y tendemos a pasar por alto aspectos que más adelante pueden
resultar difíciles. Cada cualidad lleva implícita una cara menos amable.
Un ejercicio útil es hacer una lista de las 10 características de las que te enamoraste y
preguntarte:
● ¿Cómo encajan hoy en mi vida?
● ¿En qué momentos funcionan y en cuáles generan conflicto?
Este ejercicio no busca juzgar, sino comprender con más realismo. - ¿Qué decidiste dar a la relación? ¿Qué ganaste de ella?
De forma consciente o inconsciente, siempre obtenemos algo de nuestras relaciones:
compañía, amor, seguridad, pertenencia, formar una familia, cumplir un ideal social o personal.
Reconocer lo que dimos y lo que recibimos —de manera sana o no— nos permite salir del rol
de víctimas, asumir nuestra parte de responsabilidad y recuperar la autonomía. Entender
nuestras elecciones nos devuelve poder y capacidad de decisión. - Acuerdos explícitos e implícitos: lo que se habló y lo que se dio por hecho
Pregúntate:
● ¿Cuáles fueron los acuerdos explícitos de la relación?
● ¿Qué expectativas nunca se hablaron, pero se dieron por obvias?
● ¿Alguna vez expresaste claramente qué modelo de pareja deseabas?
● ¿Cuáles son tus límites? ¿Por dónde ya no quieres pasar?
Aquí no se trata de buscar culpables, sino de conocerte mejor a ti y a tu pareja, revisar la
historia compartida desde otra perspectiva y abrir espacios de escucha real. Partimos de la
base de que hay amor y deseo de cuidar el vínculo; si no es así, este proceso también ayuda a
ganar claridad. El conocimiento da fuerza y abre la puerta al cambio. - Reconocer que ambos habéis cambiado
Después de años de relación, es normal no ser las mismas personas. Por eso es importante
preguntarse:
● ¿Quién soy ahora?
● ¿Quién es mi pareja hoy?
● ¿Nuestras formas de ver el mundo siguen siendo compatibles?
● ¿Qué deseamos para el futuro?
La sinceridad es clave. Sin juicios, sin reproches. La vida cambia, y cuando estamos abiertas a
aceptar esa realidad, a veces descubrimos nuevas formas de relacionarnos —o incluso finales
que pueden ser más amables de lo que imaginábamos—.
Lo esencial es establecer una comunicación asertiva, basada en el respeto y el cuidado.
Recuerda: es tu vida y tu decisión. Lo peor no es una separación, sino permanecer en una
relación que ya no es auténtica. Tú eres real, y mereces honrarte.
Un último apunte
Si has llegado hasta aquí, probablemente ya te hayas dado cuenta de que este camino no es
fácil. Es habitual necesitar acompañamiento para ordenar emociones, pensamientos y
decisiones, ya sea en un proceso individual o de pareja.
No lo pospongas. Pedir ayuda es un acto de valentía. Acompañarte en este proceso puede ser
el primer paso para construir una nueva etapa de tu vida, en pareja o en solitario, pero
siempre desde la coherencia contigo misma.
