Por una psicóloga transitando la perimenopausia
The Substance es una película de terror corporal que pone en primer plano una crítica profunda y necesaria a los estándares de belleza de Hollywood, la objetivación del cuerpo femenino y la discriminación por edad. No es una película fácil de ver. De hecho, personalmente no pude verla de una sola vez: su crudeza impacta, incomoda y remueve. Sin embargo, es precisamente esa crudeza la que convierte a la película en una experiencia tan reveladora.
Lo que en pantalla puede parecer exagerado o incluso enfermizo, para muchas mujeres no lo es tanto. Es una representación simbólica —y a veces literal— de una violencia cotidiana que atravesamos desde muy temprana edad en nuestra socialización como mujeres.
Recuerdo la expresión de incredulidad de mi pareja cuando le dije que me parecía una película excelente. Él, hombre de 53 años, no lograba comprender del todo lo que yo veía. Y no es una cuestión de sensibilidad individual, sino de realidades distintas: lo que una mujer de 50 años vive en relación con su cuerpo, su imagen y su valor social, no es lo mismo que vive un hombre de la misma edad.
El mandato de la insatisfacción permanente
¿Qué tan cruel puede llegar a ser nunca estar satisfecha con el propio aspecto, especialmente cuando el ideal que se nos impone es, sencillamente, imposible de alcanzar?
¿Cuánto sufrimiento genera esta exigencia constante?
¿Y cuáles son las consecuencias psicológicas de vivir dentro de un modelo capitalista y patriarcal que se nutre de nuestra inseguridad?
Pienso en niñas muy pequeñas que se miran al espejo y piden a sus madres cremas para “sus arrugas”, arrugas que, por supuesto, no existen, pero que ya empiezan a creer reales. Pienso en adolescentes provocándose el vómito en los baños de los institutos, mirándose al espejo y viéndose siempre “demasiado gordas”. Pienso en la depresión, en las crisis de ansiedad, en el abuso de sustancias —lícitas e ilícitas—, y en tantas mujeres que se miran y no se reconocen. No es lo que querían. No es lo que esperaban. Porque no es lo que aparece en la televisión, en los móviles o en la publicidad.
Porque ser una mujer real no basta.
Hay que ser perfecta.
Y la perfección —nos dicen— se compra.
Feminidad, trauma y despersonalización
Vivimos en una sociedad donde la feminidad se construye, en gran medida, sobre la base del trauma, la despersonalización y la alienación. Un sistema cuyo objetivo no es el bienestar de las mujeres, sino su subordinación y el lucro de múltiples industrias: la cinematográfica, la cosmética, la moda, la farmacéutica, la estética, la pornográfica, entre otras.
Desde esta perspectiva, The Substance muestra de forma magistral el proceso psicológico de despersonalización y autodevaluación, incluso cuando el cuerpo que se habita es el de Demi Moore, símbolo de belleza de toda una época.
Hay una escena especialmente conmovedora —alrededor de la hora y nueve minutos— en la que el personaje se prepara para salir: elige la ropa, se maquilla, se peina, se mira al espejo. Está bellísima, como a muchas mujeres de 40 o 50 años les gustaría verse. Sin embargo, antes de salir, aparece el reflejo de su “yo” de 25 años atrás. Y algo se quiebra. Nada parece suficiente. Vuelve a retocarse compulsivamente hasta terminar quitándose el maquillaje con desesperación, casi como si quisiera arrancarse la piel.
Es una escena dolorosa porque, aunque su desesperación no sea exactamente la que vivimos todas las mujeres a diario, también lo es. Esa sensación persistente de que algo no está bien, de inconformidad, de pérdida.
El duelo por el cuerpo que fuimos
El envejecimiento nos depara con una realidad insólita, de repente encontramos la belleza en el pasado y a la vez nos damos cuenta que nunca volveremos a ser
aquellas que no sabíamos que éramos.
Con 13 años igual mirabas parte de tu cuerpo y no estabas contenta, o tus pechos no eran grandes suficientes, o tu pierna era demasiado gruesa y con 20 tampoco estaba del todo contenta, igual tu pelo no acababa de encajar, o era la barriga (que después te das cuenta que no existía) pero en aquél entonces, la veía muy aparente, y podemos seguir, con los 30, con los 40…. siempre la foto de ayer te trae algo que hoy no está, y no eres capaz de ver lo que sí está hoy, quién eres, tu belleza, tu fuerza. y así es Demmi Moore mirándose al espejo, la vemos maravillosa, y ella ve lo que ya no está.
Las grandes industrias nos prometen algo imposible: recuperar el cuerpo de antes.
Pero el cuerpo de antes no es posible.
Y tampoco era mejor.
El cuerpo femenino es cíclico
Cada etapa de la vida de una mujer implica un ciclo distinto. El cuerpo cambia, las hormonas cambian, las prioridades cambian. Nadie espera que una niña tenga cuerpo de adulta, ni que una mujer en menopausia tenga el cuerpo de una adolescente. Sabemos que somos cíclicas: pasamos de la niñez a la adolescencia, de la edad fértil —con o sin maternidad— al climaterio, y de ahí a la menopausia, cerrando una etapa y abriendo otra.
En cada fase hay un cuerpo distinto, unas posibilidades distintas de ser y de habitar el mundo. La belleza puede estar en todas ellas. Sin embargo, muchas veces nos comparamos con la mujer que ya no somos, o con la que nunca fuimos. Y es ahí donde se alimenta el sufrimiento: cuando corremos detrás de una idealización y olvidamos, en el camino, a la mujer real que sí somos.
La perimenopausia, paradójicamente, nos ofrece un gran regalo: nuestras hormonas empiezan a empujarnos a dejar en segundo plano lo que “los otros” esperan de nosotras y a preguntarnos qué queremos realmente.
Un camino con obstáculos… y con redes
Para vivir esta etapa en plenitud, muchas atravesamos un desierto. Lo que antes tenía sentido —las dietas, los retoques, la obsesión con el espejo— empieza a perderlo. Buscamos salud, equilibrio y una felicidad que no dependa únicamente de la báscula o de la imagen reflejada.
No es fácil. Tenemos un enemigo externo poderoso: las industrias.
Y un enemigo interno aún más fuerte: la idealización que hemos construido durante años.
Afortunadamente, también existen otras mujeres y profesionales que están abriendo caminos diferentes: investigadoras, médicas, nutricionistas, psicólogas, fisioterapeutas. Y, sobre todo, existen las amigas. Una red de mujeres puede ser profundamente terapéutica: sostenernos sin juzgar, acompañarnos cuando la voz crítica interna aparece o cuando la presión externa se intensifica.
Y aquí es importante hacer una aclaración fundamental: cada mujer decide sobre su cuerpo y su manera de envejecer. No existe una única forma “correcta” de hacerlo. Algunas dejarán las canas, otras se operarán, otras harán dietas. El problema no es la elección individual, sino el sistema que nos empuja a elegir desde el miedo y la insuficiencia.
Mi intención no es crear una nueva exigencia ni otra idealización del “buen envejecer”, sino invitar a una reflexión crítica y colectiva, más amorosa y más saludable.
Para terminar…
Cuando la sociedad te diga que la perimenopausia o la menopausia: que “son cosas de la edad”,
que “antes las abuelas no se quejaban”,
que “te vayas a casa y te abaniques”,
o que tu única alternativa es un tratamiento hormonal,
Recuerda que hoy existen otras miradas. Cada vez más profesionales proponen enfoques integrales donde la alimentación, el sueño, el movimiento y el trabajo emocional son pilares fundamentales. Esta etapa puede ser una oportunidad de transformación profunda.
Envejecer no es el problema.
El problema es hacerlo bajo la presión de ser eternamente jóvenes.
💬 ¿Te sentiste reflejada?
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